El padre de Hamlet, rey de Dinamarca, ha sido asesinado por
su propio hermano, Claudio, que, además, se hace con el trono casándose con la
esposa del rey y madre de Hamlet. El rey muerto aparece ante su hijo en forma
de espectro para contarle su asesinato y exigirle venganza. El príncipe decide
entonces hacerse pasar por loco y en su presunta locura, prepara una
representación teatral con el crimen como eje del argumento. El desenlace ya lo
conoceréis pero a mí me pasa lo que a Drexler, me gusta más la trama y todo lo
que subyace: la contradicción, las pasiones desbordadas, la corrupción, el
sentido de la existencia, la desconfianza, el ansia de poder... En este escenario, cada personaje
es un artista de la simulación pero Hamlet y su locura, su desorientación y sobre
todo su ambigüedad lo hacen tremendamente actual, un especie de genio de la
posverdad, ese territorio de aguas turbias que hay entre la verdad y la
mentira, algo que ya relató Platón en su Caverna hace tantos siglos y que
rebautizamos día a día, con más fuerza si cabe; falacias legitimadas
por el adecuado aparato mediático y
propagandístico que hace que no lo parezcan tanto o que, en todo
caso, sean vistas como ‘hechos alternativos’, renunciando descaradamente a la
honestidad intelectual y a la verdad... Seguro que os suena... En todo caso, espero
que los árboles no os impidan ver el bosque y disfrutéis, como yo lo hice
fotografiando, de la belleza, la originalidad y la grandeza de la puesta en
escena de Teatro Clásico de Sevilla, ocho
Premios Lorca y seis Premios Max, nada menos. Un lujo.














